Menudo lío se ha montado con el arbitraje del derbi vasco. Esta semana, el estamento arbitral sacó a la luz su habitual entrega de «Tiempo de Revisión» para analizar las jugadas más polémicas del fin de semana, poniendo el foco directo en el penalti que señaló Alejandro Hernández Hernández sobre Nico Williams tras la entrada de Aramburu en San Mamés, una acción que el VAR, con Carlos del Cerro Grande al mando, decidió no corregir.
La explicación oficial resulta cuando menos llamativa. Según la locución del programa, la métrica de la tecnología del balón «registró una última onda cuando Nico Williams tocó el balón. Y no registró más ondas a partir de ese momento». Bajo esa premisa, afirman que existía un espacio visible entre la bota del defensor donostiarra y la pelota en el momento del impacto registrado. Así justifica el estamento que la tecnología respaldó la decisión de dar validez a la pena máxima con la que el conjunto vizcaíno encarriló el choque anotando el segundo gol. Sin embargo, el asunto tiene trampa: el propio estamento tuvo que solicitar un informe posterior en el que se confirmó un fallo de desincronización entre la señal del chip y la imagen de realización. Pese a que ese desajuste técnico fue clave para entender la confusión, el análisis omitió reconocer el error en su emisión y dio carpetazo a la jugada señalándola en pantalla con letras verdes como si fuera un acierto plenamente validado.
La tecnología no es infalible y la sombra del desajuste pesa
Yo esto lo veo así: cuando metes tecnología en el fútbol, el objetivo principal es aportar certidumbre y justicia, no generar más capas de dudas. Apoyar una decisión tan determinante en un derbi sobre un registro de ondas que después se demuestra desincronizado con la imagen real deja al colectivo en una posición muy delicada. El problema no es solo que el sistema falle —al fin y me cabo, la tecnología la manejan máquinas y personas—, sino la falta de transparencia a la hora de admitir que la herramienta no funcionó correctamente en ese instante preciso.
Presentar la jugada como una resolución correcta dentro del programa oficial, pasando por alto en la narrativa que el informe posterior confirmó el desajuste entre señal e imagen, rompe la confianza del aficionado. Si el VAR revisa una toma guiándose por un sensor que no está alineado con lo que vemos en el césped, la herramienta deja de ser una ayuda para convertirse en un dolor de cabeza. Para la Real Sociedad, la jugada supone la frustración de ver cómo un detalle técnico invisible condiciona un choque de máxima rivalidad, mientras que para el estamento arbitral abre un debate urgente sobre cómo deben gestionar y comunicar los fallos tecnológicos en el futuro.
Qué debemos exigir a partir de ahora
Lo que nos deja este episodio es una lección clara sobre el margen de error del VAR y sus herramientas complementarias. De cara a las próximas jornadas, la presión sobre el equipo arbitral y los responsables de la sala VOR se va a multiplicar. Ya no basta con mostrar un gráfico de ondas o una línea trazada; la sincronización entre el microchip y la imagen tiene que ser perfecta e indiscutible para que las decisiones no queden bajo sospecha.
Habrá que estar muy atentos a cómo reaccionan los clubes en las próximas reuniones con el estamento y a si se implementan protocolos de verificación más estrictos antes de dar por buena una toma tecnológica. El derbi vasco ya no se puede volver a jugar, pero el precedente queda ahí sentado: la tecnología no siempre lleva la razón absoluta.
Habrá que ver si el colectivo arbitral decide afinar los procesos de revisión en las próximas fechas para evitar que un fallo de pantalla vuelva a decidir un partido grande.




















