Braulio Vázquez está de vuelta en el Valencia. El director deportivo gallego asume el mando de la parcela técnica en un momento crítico para el club de Mestalla, sumido en una profunda crisis de identidad deportiva. No es un terreno nuevo para él: regresa trece años después de cerrar una primera etapa en la entidad que duró exactamente 1.897 días.
Aquella primera aventura arrancó el 25 de agosto de 2008. Por entonces, Fernando Gómez, que ejercía de vicepresidente y máximo responsable deportivo bajo la presidencia de Vicente Soriano, tiró de agenda y llamó a Braulio para reforzar la secretaría técnica. Lo que empezó como una incorporación silenciosa acabó convirtiéndose en una etapa de máxima exigencia bajo la batuta del presidente Manuel Llorente, un viaje de más de cinco años que terminó en noviembre de 2013 con la llegada de Amadeo Salvo a la poltrona del club.
La madurez de un gestor ante una patata caliente
Yo esto lo veo claro: el Valencia no ha fichado solo a un director deportivo; ha fichado un plan y un escudo contra la tormenta. El Braulio que se marchó en 2013 no es el que aterriza ahora en Paterna. En aquel entonces, le tocó lidiar con una época de vacas flacas y transiciones institucionales durísimas. Ahora vuelve con trece años más de experiencia en la mochila, curtido en mil batallas y con el colmillo mucho más afilado. Y creedme, le va a hacer falta, porque el panorama actual asustaría al mismísimo rey del optimismo.
En el fútbol, como en la vida, las segundas partes son complejas. Pero a veces son la única solución cuando la casa se tambalea. Braulio conoce cada rincón de la ciudad deportiva, sabe cómo respira la grada y, lo más importante, entiende la idiosincrasia de un club que devora directores deportivos a un ritmo alarmante. Su regreso no es un experimento; es un movimiento de manual para buscar estabilidad en mitad de la tormenta.
La situación deportiva del equipo exige decisiones rápidas y, sobre todo, inteligentes. Cuando no hay dinero en la caja —una película que en Valencia ya nos sabemos de memoria—, el buen ojo sustituye a la chequera. Ahí es donde la figura de Braulio cobra todo el sentido del mundo. El gallego sabe lo que es trabajar con el agua al cuello y bajo una presión social que siempre se vive a revoluciones máximas. No viene a aprender; viene aprendido.
El arte de encontrar un ‘Jonas’ cuando no hay un duro
Si algo definió la primera etapa de Braulio en el club de la capital del Turia fue su capacidad para sacarse conejos de la chistera. ¿Os acordáis de Jonas Gonçalves? Llegó como un auténtico desconocido para el gran público y acabó siendo un futbolista capital, de esos que rinden muy por encima de lo que costaron. Ese es el sello que el valencianismo añora y el que la actual plantilla necesita como el comer: futbolistas con hambre, competitivos y con un margen de revalorización tremendo.
El reto inmediato es estabilizar un barco que lleva demasiado tiempo dando bandazos. La secretaría técnica necesita un rumbo firme, un criterio que vaya más allá del próximo partido y que empiece a sentar las bases de un proyecto reconocible. Con el mercado de fichajes siempre en el horizonte y las urgencias lógicas de la clasificación, el trabajo de Braulio empezará a notarse desde el primer minuto en la sintonía con el cuerpo técnico y en la criba de las prioridades de la plantilla.
La pelota está ahora en el tejado de la planificación. Veremos si esta segunda parte de Braulio Vázquez en la dirección deportiva logra devolverle al club el norte competitivo que tanto ha echado de menos en los últimos tiempos.

















