Sorpresa mayúscula en la Serie A. Carlos Cuesta ha dejado de ser el entrenador del Parma este domingo tras llegar a un acuerdo mutuo con el club italiano. El técnico mallorquín, que era el preparador más joven de las grandes ligas europeas, cierra así su primera etapa como primer espada en los banquillos profesionales.
La ruptura ha sido tan inesperada como limpia, al menos de cara a la galería. Tras una reunión clave con Federico Cherubini, consejero delegado de la entidad, ambas partes asumieron que el proyecto deportivo hacía aguas por falta de entendimiento en la gestión diaria de la plantilla. En el comunicado oficial, el Parma fue tajante al explicar que «han dejado de existir las condiciones necesarias para la continuidad del trabajo emprendido y se ha llegado a esta decisión de mutuo acuerdo».
¿Qué significa esto para el Parma?
A ver, yo esto lo veo claro: cuando un entrenador de apenas 31 años, bendecido por Mikel Arteta tras un lustro a su lado en el Arsenal, decide bajarse del barco en la quinta jornada, es que las costuras del traje ya no aguantaban más. No es solo cuestión de que el balón entre o no. El Parma venía de perder este verano a dos de sus pilares fundamentales, Giovanni Leoni y Ange Bonny. Intentar hacer funcionar una maquinaria compleja en la élite italiana sin tus piezas clave es como querer correr un gran premio de Fórmula 1 con neumáticos de calle.
El arranque liguero de esta temporada estaba siendo un auténtico dolor de muelas: apenas cuatro puntos en cinco partidos, fruto de una única victoria, un empate y tres derrotas. Demasiado poco para un proyecto que el curso pasado se salvó con un colchón de 11 puntos sobre el descenso y que jugaba un fútbol vistoso que daba gusto ver.
De momento, el entrenamiento de este lunes queda en manos del cuerpo técnico de la casa, pero la directiva que encabeza Alessio Cracolici —director deportivo del club desde 2017— ya rastrea el mercado a contrarreloj. El banquillo del Parma quema, y el que venga tendrá que lidiar con un vestuario tocado anímicamente y con urgencias clasificatorias desde el primer minuto.
De la pizarra de Arteta al barro de la Serie A
El viaje de Carlos Cuesta en el Ennio Tardini ha sido breve pero intensísimo. Llegó en junio de 2025 para sustituir a Cristian Chivu, que se había marchado al Inter de Milán. El reto era de una exigencia tremenda: un chaval de 30 años, sin experiencia previa como primer entrenador en la élite, asumiendo los mandos de un histórico del fútbol italiano. Venía con el cartel de alumno aventajado de Arteta, con quien compartió vestuario en Londres durante cinco años, y con un bagaje formativo muy interesante en las canteras del Atlético de Madrid y de la Juventus.
Y ojo, porque al principio la apuesta funcionó de maravilla. Cuesta debutó a lo grande en agosto de 2025 contra la Juventus, logró su primera victoria liguera en septiembre de ese año ante el Torino y metió al equipo en los octavos de final de la Coppa Italia. Logró la permanencia con holgura y el club le premió con una renovación en junio de 2026. Pero ya sabemos cómo funciona esto: en el fútbol, los créditos del pasado caducan a la velocidad de la luz.
La realidad es que el mallorquín se marcha habiendo demostrado que tiene pizarra, ideas modernas y mucha personalidad, pero la Serie A no espera a nadie. El choque de pareceres con Cherubini sobre cómo reconducir el rumbo del equipo ha acabado por dinamitar una relación que parecía sólida hace apenas tres meses.
Habrá que seguir muy de cerca quién asume ahora el mando en el Parma y, sobre todo, cuál será el próximo destino de un Cuesta que, pese a este tropiezo, sigue siendo uno de los técnicos jóvenes con mayor proyección del panorama europeo. El fútbol da revanchas muy rápido.




















