La selección de la República de Irlanda jugará finalmente su partido de la Nations League contra Israel, pero lo hará herida y con un futbolista menos en el autobús. El portero Gavin Bazunu ha decidido abandonar la concentración por motivos éticos, destapando una enorme división interna en un vestuario sometido a una presión social insoportable.
La noticia saltó en una de esas ruedas de prensa donde el fútbol pasa a un tercer plano y los micrófonos queman. El director ejecutivo de la Federación Irlandesa (FAI), David Courell, y el seleccionador, Heimir Hallgrímsson, comparecieron con cara de circunstancias para confirmar que hubo votación interna. Una «mayoría significativa» de la plantilla decidió que había que saltar al césped del Nagyerdei Stadion en Debrecen (Hungría). Pero no todos estaban de acuerdo. Bazunu dijo basta, hizo las maletas y dejó claro que su conciencia no se vende por noventa minutos.
El laberinto político de Hallgrímsson
A mí, que me gusta analizar el fútbol desde el verde, me da casi pena ver a un seleccionador en semejante tesitura. El islandés Heimir Hallgrímsson está viviendo un auténtico calvario en el banquillo irlandés, y no precisamente por la pizarra. En su país de adopción, la causa palestina tiene un apoyo social gigantesco, y las llamadas al boicot contra Israel eran ensordecedoras.
Para colmo, el propio míster se metió en un jardín de dimensiones bíblicas la semana pasada al usar la palabra «genocidio» para describir la situación en Gaza. La federación israelí montó en cólera, tildándolo de ignorante e hipócrita. Ahora, en sala de prensa, le tocó recular: «Es una palabra muy fuerte y no fue la adecuada». Se le notaba incómodo, asfixiado por un ambiente que ha llegado a su punto límite. «Al jugar, no estamos apoyando lo que ocurre en Gaza», insistía para capear el temporal. Pero el debate ya está en la calle y, lo que es peor para él, dentro de su propio vestuario.
Un roto en la portería y un panorama desolador
Hablemos de fútbol, que al final es lo que nos une. Perder a Gavin Bazunu no es un detalle menor para Irlanda. Estamos hablando de un portero con un peso tremendo bajo los palos, de esos que te salvan puntos cuando la defensa tiembla. Su baja no es solo un golpe moral para el grupo, sino un problema táctico enorme para Hallgrímsson, que tiene que recomponer el equipo a contrarreloj y con la cabeza de sus jugadores puesta en cualquier sitio menos en el balón.
Y es que el momento deportivo de ambos conjuntos roza el drama. Irlanda viene de tropezar con un doloroso 1-0 ante Kosovo en la primera jornada. Un partido gris, sin ideas, que ya encendió las alarmas de los aficionados. Por su parte, Israel tampoco llega para tirar cohetes tras caer por 3-1 contra Austria. Es decir, nos encontramos con dos equipos muy necesitados de puntos, jugando en un estadio neutral en Hungría y con una carga mental que pesa toneladas.
La cosa no acaba aquí. El partido de vuelta, donde Irlanda debería ejercer de local con el calor de su público, se jugará el próximo 4 de octubre… en Serbia y a puerta cerrada. La FAI decidió en julio llevarse el partido a terreno neutral para evitar altercados y boicots en Dublín. El resultado de todo esto es un fútbol descafeinado, sin alma, donde los futbolistas parecen más diplomáticos de la ONU que deportistas de élite.
Cuando el balón pesa una tonelada
Yo siempre he sostenido que los futbolistas son personas antes que atletas, aunque a veces los tratemos como máquinas de correr. Pedirle a un chaval de veintitantos años que rinda al máximo nivel mientras su propio país le pide que no juegue, y mientras su seleccionador se desdice de sus propias palabras bajo presión internacional, es pedir milagros.
La decisión de Bazunu es respetable y valiente; la de sus compañeros, que prefieren defender su profesión en el campo, también. Lo único seguro es que en Debrecen no veremos un partido normal. Veremos a once tíos con la camiseta verde intentando olvidar, aunque sea por dos horas, que fuera del estadio hay un conflicto que les exige tomar partido.
Habrá que ver cómo responde Irlanda en el campo sin su portero titular y con la moral bajo mínimos. El balón rodará, pero esta vez el ruido de fuera va a sonar mucho más fuerte que el silbato del árbitro.




















