El Espanyol vuelve a la carga en La Rosaleda con la urgencia de sacudirse el polvo tras el bofetón ante el Elche. Tras un parón internacional larguísimo, los de Manolo González visitan a un Málaga colista que tampoco sabe lo que es ganar, en un duelo cargado de reencuentros, urgencias y el esperado regreso del capitán Javi Puado.
Yo os digo una cosa: lo del Elche dolió, y mucho. Perder 1-3 en Cornellà contra el último de la fila, que encima jugó con uno menos más de ochenta minutos, es de esas cosas que te dejan el cuerpo cortado. El propio míster, Manolo González, fue clarísimo al admitir que firmaron «el peor partido desde que estoy en el Espanyol». Con solo siete puntos en el casillero y el runrún de las dieciocho jornadas seguidas sin ganar del curso pasado aún fresco en la memoria de la grada, el ambiente se había puesto un pelín tenso. Pero ojo, que de puertas para adentro no hay dudas. Monchi, que para eso manda en el área deportiva, ya ha salido a apagar fuegos asegurando en una entrevista que nunca se le pasó por la cabeza cesar al técnico y que su prioridad tras el desastre fue estar cerca de él y arroparlo. Al final, el fútbol es de los futbolistas, pero un espaldarazo de la directiva siempre ayuda a dormir más tranquilo.
¿Qué significa este partido para el Espanyol?
A ver, sobre el papel, el escenario parece el ideal para lamerse las heridas, pero ya sabemos cómo se las gasta esta categoría. El Málaga llega en una situación idéntica a la que traía el Elche hace tres semanas: colista y sin sumar de tres en lo que va de temporada. Cuidado con las confianzas, que el fútbol es muy traicionero y los rivales heridos son los que más muerden. Yo veo este partido como una prueba de fuego para la madurez mental de la plantilla. Si vuelven a tropezar con la misma piedra, la presión sobre Manolo va a ser difícil de sostener, por mucho que Monchi le firme un cheque en blanco de confianza.
Por suerte para los pericos, la historia reciente en La Rosaleda invita al optimismo. Hay que remontarse a octubre de 2011 —sí, hace ya más de quince años, cuando Salomón Rondón y Apoño marcaban los goles malaguistas y Álvaro Vázquez el nuestro— para encontrar la última derrota del Espanyol en tierras de la Costa del Sol. Desde entonces, el balance es demoledor: cinco victorias blanquiazules y un empate. Los números están ahí, pero las estadísticas no juegan solas. Para mantener esa racha, el equipo necesita recuperar la solidez defensiva y, sobre todo, esa chispa arriba que tanto se echó de menos en la última jornada.
El retorno del capitán y un nido de reencuentros
La gran noticia del día para la parroquia perica es, sin duda, la vuelta de Javi Puado. Nueve meses de calvario, exactamente 270 días desde aquella fatídica lesión en el Ciutat de València, han llegado a su fin. El capitán lleva un par de semanas entrenándose al mismo ritmo que el grupo y ha entrado en la lista. No esperemos que juegue los noventa minutos de buenas a primeras, pero solo con ver su nombre en la convocatoria el vestuario ya gana un plus de liderazgo que vale oro. La mala cara de la moneda la ponen Jofre Carreras, que sigue KO por sus problemas en el pubis, y Kike García, al que no veremos hasta diciembre tras su operación de agosto.
Pero si hablamos de morbo y emociones, este partido tiene de todo. Mirad a Roberto Fernández. El chaval acaba de debutar con la selección absoluta en la victoria ante la República Checa y lleva un arranque de temporada espectacular con seis goles en siete partidos. Pues resulta que vuelve a La Rosaleda, el sitio donde explotó y donde firmó veinte goles para devolver al Málaga al fútbol profesional en 2024. En el bando contrario tenemos a Fernando Calero, un clásico del Espanyol durante siete temporadas que ahora viste de malaguista y que podría debutar precisamente hoy tras recuperarse de su fractura de costillas. Para compensar, José Salinas no podrá jugar por la famosa «cláusula del miedo» impuesta en su cesión desde el club catalán, mientras que Adam Aznou apunta al lateral izquierdo local tras superar sus problemas musculares.
Toca abrocharse los cinturones. El Espanyol necesita demostrar que lo del Elche fue solo un mal día en la oficina y empezar a mirar hacia arriba antes de que el calendario se empiece a empinar de verdad.




















