Marcos Llorente ha decidido bajarse de la selección española en la cima de su carrera. A sus 31 años y apenas unas semanas después de tocar el cielo ganando el Mundial, el futbolista del Atlético de Madrid ha anunciado por sorpresa que cierra definitivamente su etapa con la camiseta de España.
La noticia nos ha pillado a contrapié, pero para él no es ningún calentón de última hora. Llorente compartió un emotivo comunicado en sus redes sociales donde dejó claro que la decisión estaba tomada mucho antes de que el balón echara a rodar en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. «Independientemente de si hubiese ido al Mundial o no, o de si hubiésemos ganado o no, esta decisión ya la tenía tomada», confesó el madrileño. Se va con 27 internacionalidades, cuatro asistencias, ningún gol en su casillero y, lo más importante, la segunda estrella grabada en el pecho tras un verano inolvidable.
¿Qué significa su adiós para la selección y el Atlético?
Yo esto lo veo como un movimiento de pura supervivencia física e inteligencia táctica personal. A los 31 años, con el estilo de juego hiperfísico que gasta Marcos, los kilómetros pesan el doble en las piernas. El primer gran beneficiado de esta retirada tiene nombre y apellido: Diego Pablo Simeone. Para el Atlético de Madrid, que un pulmón como Llorente se borre de los viajes internacionales y de la tralla de los virus FIFA en los parones es una bendición caída del cielo. El Cholo va a tener a su navaja suiza descansada y enfocada al cien por cien en el Metropolitano.
Por el lado de la Roja, Luis de la Fuente pierde a un auténtico comodín de garantías. Llorente nunca fue un fijo indiscutible con un puesto asignado en el once titular, pero era el tipo de jugador que cualquier seleccionador quiere tener en su plantilla de 26 hombres. Te soluciona un problema en el lateral derecho si hay bajas, te rompe líneas en el centro del campo con sus conducciones potentes y te muerde arriba en la presión. Esa polivalencia no se encuentra a la vuelta de la esquina en el fútbol moderno.
Además, hay un factor mental que no debemos obviar. Irse de la selección siendo campeón del mundo es el cierre de guion perfecto. Como cuando un actor se retira justo después de ganar el Óscar. Llorente sabe que es muy difícil superar lo que vivió hace unas semanas y prefiere dejar sitio a la savia nueva antes de que el desgaste o la falta de minutos le pasen factura de manera natural.
El camino de la navaja suiza de La Roja
La trayectoria de Marcos Llorente con España ha sido tan peculiar como su propio perfil futbolístico. Debutó a finales de 2020 con Luis Enrique en un amistoso ante Países Bajos y, desde entonces, su rol casi siempre fue el de apagar fuegos allí donde hiciese falta. De hecho, el técnico asturiano se empeñó en reconvertirlo en lateral derecho, una posición que no era la suya en el día a día pero que defendió con la disciplina de un soldado. Nunca puso una mala cara, nunca protestó por jugar fuera de sitio.
Aunque se quedó fuera de la última Eurocopa por decisión técnica, el fútbol le acabó devolviendo el sitio para la cita mundialista de este verano. Empezó como titular en el debut del torneo, pero la competencia con Pedro Porro le acabó relegando al banquillo. Aun así, su papel dentro del vestuario durante esos 52 días de convivencia ha sido clave para armar el grupo que acabó levantando la Copa del Mundo. El propio jugador lo reconoce en su despedida: «Me quedo con todo lo vivido, pero sobre todo, con estos últimos 52 días. Con un grupo maravilloso que luchó hasta el final por dejar a España en lo más alto».
A partir de ahora, el carril derecho de España queda en manos de la nueva generación, mientras que Marcos Llorente se centrará en exprimir los últimos años de su carrera al máximo nivel de exigencia en su club. El viaje internacional se acaba para él, pero se va con los deberes hechos y la gloria absoluta en el bolsillo.

















