Lo de Mestalla empieza a ser un problema serio y de los que quitan el sueño. La derrota por 1-2 ante el Villarreal ha terminado de destapar una realidad incómoda en la capital del Turia: el Valencia solo ha ganado uno de sus últimos nueve partidos de Liga en casa. Se ha apagado la luz en un estadio que históricamente ganaba puntos por aplastamiento y pura atmósfera.
El tropiezo frente al conjunto amarillo dejó además una imagen amarga y una disculpa pública. Elliott dio la cara tras el encuentro con un mensaje directo a la afición: «Cometí un error y no volverá a ocurrir». Un despiste pagado a precio de oro que consolida una dinámica letal, marcada por tres derrotas recientes encajadas en los minutos finales, cuando el partido agoniza y el punto parece amarrado.
De la etapa de Corberán al estreno de Aguirre: el mismo diagnóstico
Yo esto lo veo claro: cuando un problema persiste cambiando la pieza del banquillo, la grieta es más profunda que el libreto del entrenador. La sangría de puntos arrancó la temporada pasada tras aquel empate 1-1 frente al Rayo Vallecano, justo después de vencer al Girona. Desde entonces, la fiabilidad como local saltó por los aires.
Ni el tramo final con Carlos Corberán ni la llegada de Javier Aguirre han logrado frenar la sangría. Dos perfiles distintos, dos formas de gestionar el grupo, pero la misma cosecha desoladora ante su gente. De nueve compromisos ligueros en la avenida de Suecia, el casillero de victorias solo se ha movido una vez. Y si miramos la letra pequeña de ese triunfo, el contexto lo explica casi todo.
Aquella única alegría de tres puntos en Mestalla llegó contra el Barcelona en las fechas finales del último campeonato. Un rival que pisó el césped con la Liga ya en el bolsillo, tras una semana de festejos y con la cabeza de varios internacionales puesta en la preparación del Mundial. Un escenario idílico que no reflejaba la competitividad real del torneo ni tapaba las dudas que arrastraba el equipo.
El drama del tramo final y la pérdida de la mística
Jugar en casa solía ser para el Valencia un salvavidas; hoy en día se ha convertido en un ejercicio de tensión. Sufrir tres derrotas encajando en los minutos decisivos no es casualidad, es un síntoma de desconexión y fragilidad mental cuando el balón quema. Cuando el partido entra en la zona decisiva, al equipo se le encoge el pie y al rival le entra la prisa sabiendo que hay herida.
Para Javier Aguirre, el reto no pasa únicamente por ajustar tácticamente la línea defensiva o corregir errores individuales como el de Elliott. El trabajo gordo está en la cabeza. Recuperar la autoridad en Mestalla exige cerrar los partidos con oficio y evitar que los rivales sientan que sacar algo positivo de Valencia es una tarea sencilla.
Toca ver cómo reacciona el vestuario tras este nuevo varapalo frente al Villarreal. Si el Valencia no consigue blindar su feudo y convertir de nuevo Mestalla en un campo incómodo, la temporada se le va a hacer larguísima.




















