Santi Denia vuelve a casa, pero esta vez se sentará en el banquillo visitante. El actual seleccionador de la República Checa compareció en la sala de prensa del Carlos Tartiere antes del crucial partido de mañana contra España, dejando claro que, aunque se enfrenta a la campeona del mundo y a viejos conocidos, su único plan es dar la sorpresa y llevarse los tres puntos.
El técnico manchego no escondió la tremenda dificultad del reto, pero afronta la cita con una mezcla muy sana de ambición y realismo. «España es la mejor, pero nuestra idea es la de ganar el partido», aseguró con firmeza. Denia, que conoce al dedillo el ecosistema de la selección española tras años formando a sus categorías inferiores, elogió sin tapujos a Luis de la Fuente, al que calificó como «el mejor seleccionador del mundo». Además, se deshizo en halagos hacia un Lamine Yamal para el que pidió abiertamente el Balón de Oro: «La gente paga la entrada para ver a Lamine… Yo le daría el Balón de Oro».
El reto táctico de desactivar al campeón
Yo esto lo veo de una forma muy sencilla: para rascar algo positivo contra esta España, no te vale con hacer un partido simplemente correcto. Santi lo sabe mejor que nadie porque ha visto crecer futbolísticamente a la mitad de los jugadores que mañana le van a intentar amargar la tarde. Cuando te mides a un bloque que juega de memoria y que tiene tantas variantes individuales, la teoría te exige rozar la perfección absoluta. Un control orientado defectuoso o una línea de pase mal tapada en el centro del campo, y estás recogiendo el balón de la red antes de que te des cuenta.
«Si cometes un error es muy difícil ganar», admitió el seleccionador checo. Y tiene toda la razón del mundo. Su República Checa llega al Tartiere con el cartel de víctima, un traje que a veces resulta de lo más cómodo en el fútbol de élite. No tienen la presión de llevar la iniciativa del juego ni la obligación histórica de golear. Su plan de partido pasa por morder arriba, achicar espacios por dentro y penalizar cualquier exceso de confianza de la Roja. Denia ha insistido en que su grupo debe focalizarse en su propia mejora colectiva. Al fin y al cabo, el fútbol es de los valientes, y el técnico manchego no ha viajado a Oviedo para pedir autógrafos.
La nostalgia se queda en el vestuario
Es inevitable que el factor emocional juegue su propio partido en la cabeza de Santi Denia. Volver a tu país, pisar un estadio con tanta solera como el Carlos Tartiere y ver enfrente a futbolistas a los que has moldeado desde que eran casi unos críos es un viaje mental de curvas para cualquiera. Sin embargo, el fútbol profesional tiene muy poca memoria y menos espacio aún para la sensiblería barata. «Mi país ahora es la República Checa. No tenemos tiempo de pensar en lo emocional», cortó de raíz el míster en sala de prensa. Profesionalidad pura y dura.
Lo bonito de este deporte es que a menudo te cruza con tus mejores amigos en el fango de la batalla. La relación entre Denia y Luis de la Fuente va muchísimo más allá de la pizarra táctica; han compartido trincheras en los despachos de Las Rozas, celebrando éxitos y digiriendo momentos muy duros en el plano personal y deportivo. Que Santi se deshaga en elogios hacia su homólogo español no es simple cortesía para quedar bien ante los micrófonos, es respeto sincero entre dos tipos que se han ganado el pan desde el barro. Pero mañana, cuando el árbitro pite el inicio, la amistad se aparca durante noventa minutos.
El factor Lamine Yamal y el valor del espectáculo
Hay una frase de Santi Denia que define a la perfección lo que debería ser siempre este negocio: «La gente paga la entrada para ver a Lamine». Y es una verdad como un templo. En un fútbol moderno cada vez más encorsetado por la táctica extrema, los datos de rendimiento físico y las pizarras rígidas, los futbolistas diferentes, esos que te levantan del asiento con un regate imprevisto, son un auténtico tesoro. El seleccionador checo, lejos de plantear un partido de marca personal asfixiante o de buscar cómo secar al extremo azulgrana por lo civil o lo criminal, prefiere el reto de medirse a los mejores.
Esa mentalidad competitiva y desacomplejada es la que quiere inocular a sus futbolistas para la cita de mañana. Quieren jugar, quieren probarse ante los mejores del planeta y, por qué no, dar la campanada en territorio hostil. Saben que necesitarán que España no tenga un día inspirado y que ellos firmen el partido de sus vidas. Pero en el fútbol, como bien sabe Santi Denia, las sorpresas solo les ocurren a los que se atreven a buscarlas.
Habrá que ver si el plan checo es capaz de contener el vendaval español o si la lógica se impone en el césped asturiano.




















