El debut liguero del Real Madrid ante el Espanyol nos ha dejado los primeros tres puntos de la temporada, pero también una verdad incómoda sobre el césped. José Mourinho decía hace unos días que Rodri era la guinda del pastel de esta plantilla, pero tras lo visto en el Bernabéu, queda claro que el mediocentro español es el pastel entero.
La victoria por la mínima maquilla un partido donde el Madrid solo carburó durante los primeros veinte minutos. Al final, tuvo que aparecer el joven Espí para rescatar al equipo, apagar los pitos y alejar unas dudas que ya empiezan a sobrevolar Chamartín. Pero más allá del gol de la victoria, el verdadero dolor de cabeza para Mourinho estuvo en la sala de máquinas, donde la ausencia de un pivote organizador puro dejó al equipo completamente descompensado.
¿Un centro del campo desubicado?
Mourinho ha elegido a Bernardo Silva para asumir ese rol de mediocentro creativo. A ver, el portugués es un futbolista descomunal, de esos que da gusto ver con el balón en los pies, pero no es Rodri ni lo va a ser. Jugar en esa zona requiere un sentido del orden, una pausa y una colocación defensiva que Bernardo, por pura naturaleza, no tiene. No es su hábitat natural. El resultado es un equipo que se parte con facilidad, que sufre una barbaridad para dar fluidez a la salida de balón y que acaba dependiendo de destellos individuales en lugar de un juego coral.
Yo siempre he pensado que un equipo de fútbol se construye desde el círculo central. Si el motor no gira redondo, el coche da tirones. Y eso es exactamente lo que le pasa a este Real Madrid. Al no contar con ese ancla de plenas garantías, Mourinho se ha visto obligado a retrasar a Fede Valverde al puesto de mediocentro defensivo. Yo esto lo veo como un desperdicio absoluto. El uruguayo corre por tres y te roba hasta la cartera, pero si lo atas al círculo central, pierdes su mayor virtud: esa tremenda llegada desde la segunda línea que rompe defensas. Valverde de pivote rinde por pundonor, pero el Madrid pierde toda su dinamita en campo contrario.
La otra cara de la moneda es Arda Güler. El turco volvió a demostrar ante el Espanyol que tiene duende, que cuando la pelota pasa por sus botas ocurren cosas diferentes. Sin embargo, el chaval ya ha probado la cruda realidad de esta plantilla: da igual lo bien que juegues, si tienen que entrar las estrellas de arriba, tú vas a ser el primer sacrificado. Es una gestión de vestuario delicada que Mourinho tendrá que manejar con cuidado si no quiere quemar a su mayor talento emergente.
Espí, el clavo ardiendo de Mourinho
Menos mal que el fútbol tiene estas historias. Cuando el partido se atascaba y la grada empezaba a impacientarse, apareció Espí. El chaval llegó para ser ese recurso de emergencia, el clavo ardiendo al que agarrarse cuando el plan de juego colectivo no funciona. Y vaya si funcionó ante el Espanyol.
Su gol no solo le dio los tres puntos al Madrid, sino que le compra un tiempo precioso a un Mourinho que todavía tiene que encajar muchas piezas. Físicamente el equipo se cayó en la segunda mitad y futbolísticamente la desconexión fue evidente tras el fulgurante inicio. Espí ha ejercido de analgésico para calmar el dolor, pero el problema estructural de este centro del campo sigue estando muy vivo.
Veremos si esta victoria balsámica sirve para ajustar los engranajes o si la sombra de Rodri se hace cada vez más alargada en el Bernabéu. El pastel está servido, pero falta el cocinero que le dé sentido.

















