La Rosaleda vuelve a vestirse de gala este lunes a las 21:30 horas para recibir un partido de Primera División tras más de ocho años de espera. El Málaga CF de Juan Funes busca sus primeros tres puntos de la temporada ante el Deportivo de La Coruña, en un duelo de recién ascendidos que promete devolver el fútbol de élite por todo lo alto a la Costa del Sol.
Han tenido que pasar exactamente 3.019 días —o lo que es lo mismo: 8 años, 3 meses y 5 días de morder el polvo en categorías de barro— para que la afición malaguista vuelva a ver a los suyos codearse con los más grandes en su propio templo. La cita, a pesar de ser un lunes por la noche, apunta al lleno absoluto. Ambos equipos llegan con la urgencia de estrenar su casillero de victorias: los andaluces cayeron en el Metropolitano ante el Atlético de Madrid (2-0), mientras que el Dépor de Antonio Hidalgo rascó un empate (1-1) en Riazor frente al Elche.
¿Qué significa este duelo de «bichos» para la permanencia?
Yo esto lo veo claro: este no es un partido más de la jornada dos. Es un choque de trenes entre dos históricos que han compartido un calvario idéntico en los últimos tiempos. Descendieron de la mano a Segunda hace ocho temporadas, sufrieron la dureza de la Primera RFEF y ahora regresan al fútbol profesional con filosofías de club muy distintas, pero con la misma hambre de asentarse en la élite.
A mí lo que me fascina de este Málaga es su descaro. Con el club todavía intervenido judicialmente y un mercado de fichajes de lo más austero, Juan Funes ha construido un bloque jovencísimo a base de gente de la casa. Les llaman «los bichos», y creedme que muerden. En el Metropolitano, a pesar del resultado adverso, le discutieron la posesión al mismísimo Atleti del Cholo durante la primera mitad con un centro del campo insultantemente joven liderado por Dani Lorenzo (23 años), Carlos Dotor (25) e Izan Merino (20). Si son capaces de mantener esa personalidad en La Rosaleda, el Dépor va a tener que ponerse el mono de trabajo muy temprano.
La clave para ambos estará en cómo gestionen la falta de experiencia en la categoría. En plantillas con una media de edad tan baja, el talento y el entusiasmo son armas de doble filo: te dan un ritmo eléctrico, pero te pueden costar caro en forma de despistes defensivos. El que logre madurar antes sobre el césped se llevará el gato al agua.
Las armas de Funes y el dolor de cabeza de Hidalgo
Para hincar el diente a la defensa coruñesa, Funes cuenta con un ariete de los que ya casi no quedan: Carlos Ruiz Rubio, futbolísticamente conocido como «Chupete». Este chaval es un delantero de la vieja escuela, de los que se pegan con los centrales, juegan de espaldas y huelen el gol a kilómetros. Viene de firmar 25 dianas en LaLiga Hypermotion y, aunque se quedó seco ante Le Normand en el debut, os aseguro que no tardará en estrenarse en la máxima categoría.
Por las bandas, el peligro malaguista tiene nombres y apellidos. David Larrubia, que cerró el curso pasado con 10 goles y una media de casi tres regates por encuentro, es un puñal tirando diagonales hacia dentro. En la otra orilla, la electricidad de Joaquín Muñoz promete dar la noche a los laterales gallegos. La buena noticia para los locales es la inscripción del centrocampista Pablo Martínez, que aportará músculo a una medular que acaba de perder a Juanpe. Eso sí, la defensa malacitana sigue bajo mínimos por las bajas de Murillo, Calero y Moussa, lo que obligará a Galilea y Recio a multiplicarse bajo la atenta mirada de un seguro de vida como Alfonso Herrero en la portería.
¿Y el Dépor? Pues Antonio Hidalgo llega con curvas y dolor de cabeza. Yeremay, su jugador franquicia, viaja entre algodones por culpa de unas molestias en el pubis y con el runrún de la Premier League rondando su cabeza. Lo lógico es que no salga de inicio. Si a eso le sumamos que David Mella sigue KO por su lesión de rodilla, los gallegos pierden muchísima dinamita en los metros finales. Tendrán que tirar de oficio para no verse superados por el empuje de una Rosaleda que va a rugir con la fuerza acumulada de ocho años de nostalgia.
La mesa está servida para un reencuentro histórico. Quien logre templar los nervios del debut en un escenario tan imponente se llevará un botín de oro para empezar a creer en la salvación. Toca abrocharse los cinturones, que el fútbol de Primera ha vuelto a Martiricos.

















