Leandro Cabrera ha alzado la voz en la Ciudad Deportiva Dani Jarque con un mensaje directo al vestuario del Espanyol. El central uruguayo considera que al equipo se le están escapando puntos vitales por exceso de nobleza y pide a sus compañeros un cambio inmediato de chip para competir sin contemplaciones en los tramos decisivos.
En rueda de prensa, el capitán perico ha sido contundente sobre la actitud necesaria para amarrar los resultados en LaLiga: «El buenismo y la nobleza que muchas veces tenemos hay que tirarla por la borda. Para ganar hay un punto que tienes que ser malo». Con esa claridad, Cabrera ha dejado claro que es momento de aparcar la inocencia para sumar de tres en tres.
Sin poesía: los puntos se amarran en los minutos finales
Yo esto lo veo clarísimo. En el fútbol profesional nadie te regala nada por ser el más simpático de la clase, y Cabrera sabe perfectamente de qué va esto. La autocrítica del charrúa no viene de un berrinche aislado, sino de heridas recientísimas que han dejado tocado al grupo tras dejarse cuatro puntos que estaban prácticamente en el bolsillo.
El zaguero apuntó directamente a dos momentos clave de este arranque de curso: el empate concedido en Málaga (1-1) y la derrota por la mínima ante el Atlético de Madrid (0-1), encajada en los compases finales. Para Cabrera, partidos como el de los colchoneros exigen otro oficio. «Tiene que terminar en el córner. Con una falta, con lo que sea», señaló, pidiendo esa picardía para congelar el choque cuando el cronómetro aprieta.
Al final, como bien recuerda el defensa, el fútbol es un negocio de resultados. Dá igual el estilo o la estética si te vuelves a casa con las manos vacías. «Al más poeta de los aficionados le importa que el Espanyol tuviera siete puntos más. ¿Cómo? No importa», sentenció. Y no le falta razón: la diferencia entre sufrir en la quema o asentarse en la zona tranquila de la tabla depende casi siempre de no regalar jugadas tontas en el añadido.
El reto de Manolo González: transformar la rabia en oficio
Esta llamada de atención va más allá de un ajuste táctico sobre el césped; es una exigencia de madurez colectiva para el bloque que dirige Manolo González. El Espanyol se encuentra metido de lleno en ese pelotón apretado de la clasificación donde un par de despistes te hunden o una racha seria te mete arriba.
Para el cuerpo técnico, que el líder de la zaga ponga las cartas sobre la mesa públicamente supone una declaración de intenciones. Los rivales le tienen tomada la medida a esa cierta ingenuidad blanquiazul en momentos límite, y corregir esa falta de colmillo es la prioridad absoluta para los próximos compromisos.
Tener «maldad», como pide el uruguayo, no significa dar patadas a destiempo ni perder los papeles, sino saber leer lo que pide el choque en cada minuto. Cortar una contra con una falta táctica inteligente, arañar unos segundos al reloj o rascar una falta en terreno contrario son detalles que marcan la frontera entre sumar o lamentarse en el vestuario.
A partir de ahora tocará comprobar si el vestuario ha tomado nota del toque de atención de su capitán o si las palabras se las lleva el viento cuando el balón vuelva a rodar en el próximo encuentro.




















