Para Dani Olmo, el próximo compromiso de la selección española no es un partido más en el calendario de la Nations League. El regreso a Croacia supone el reencuentro más emotivo de su carrera profesional. No es para menos: el mediapunta vuelve al país que lo formó y al que considera, sin dudarlo, su segunda casa.
El de Terrassa no oculta lo que siente cada vez que se cruza con la cultura croata o con su gente. «Me trataron muy bien durante mi estancia y también cuando me fui. Me siento uno de los suyos, ellos me tienen como su hijo», ha confesado el internacional español. Y es que en Zagreb no solo lo vieron crecer, sino que lo moldearon como el futbolista que es hoy en día. Olmo guarda tanto cariño a esa etapa de su vida que, según explica, hace todo lo posible por mantener vivo el croata, un idioma que le gusta y que considera una parte fundamental de su identidad.
La anomalía de un viaje de ida y vuelta
A mí, que llevo unos cuantos años siguiendo de cerca el fútbol, la historia de Dani Olmo siempre me ha parecido una preciosa anomalía. Lo normal, lo que vemos en el noventa por ciento de los casos, es que el talento joven de los Balcanes sueñe con dar el salto a las grandes ligas del oeste de Europa. El camino de Olmo fue justo el contrario: dejó la comodidad de la cantera en España siendo un crío para enrolarse en el Dinamo de Zagreb. Una apuesta de riesgo extremo que hoy vemos como un acierto absoluto, pero que en su día hizo arquear más de una ceja.
Esa decisión no solo definió su carrera, sino también su carácter sobre el césped. En el Dinamo de Zagreb, un club con una exigencia tremenda y una presión competitiva enorme, Olmo aprendió a curtirse antes de dar el salto a los grandes escenarios europeos. Por eso, cuando dice que se siente uno de los suyos, no es una frase vacía para quedar bien antes de un partido. Es la pura realidad de un chaval que llegó a un país desconocido y se marchó respetado por una afición que lo adoptó como propio.
El valor de la identidad y el respeto
Hay un detalle en las palabras de Olmo que me parece clave para entender su dimensión humana: el empeño por conservar el idioma. Aprender croata no es precisamente fácil para un hispanohablante, pero él se esforzó por dominarlo. Ese gesto demuestra un respeto inmenso por la tierra que le dio la oportunidad de ser profesional. En un fútbol moderno donde muchos jugadores pasan por los clubes como meros mercenarios sin aprender ni a dar las gracias en el idioma local, la actitud de Dani es ejemplar.
Ese vínculo tan estrecho se notará, sin duda, en este enfrentamiento. Enfrentarse a Croacia siempre es un reto mayúsculo por el gen competitivo de sus futbolistas, pero para Olmo será como jugar en el jardín de su casa. Conoce perfectamente la mentalidad de sus rivales y el ambiente que se respira allí. Esa información y esa madurez competitiva que adquirió en Zagreb son un activo valiosísimo para el vestuario de la selección española.
El fútbol tiene estas cosas maravillosas: historias cruzadas que van mucho más allá de la táctica y de los noventa minutos de juego. Habrá que estar muy atentos a cómo lo recibe la grada y a cómo gestiona Dani esa mezcla de revoluciones altas y corazón tierno. De lo que no hay duda es de que, ruede o no el balón, este reencuentro ya es una de las grandes historias de la jornada.




















