El FC Barcelona ha firmado un arranque de temporada espectacular con un pleno de cinco victorias en las primeras cinco jornadas de Liga, consolidando su liderato y dejando claro que el proyecto de Hansi Flick va muy en serio. Mientras tanto, en la capital se estrena un circuito urbano de carreras para buscar el impacto publicitario, pero en el césped el Real Madrid todavía no encuentra la velocidad de crucero bajo las órdenes de José Mourinho.
La diferencia de sensaciones entre los dos gigantes del fútbol español es ahora mismo abismal. Los azulgranas lideran con quince puntos de quince posibles, desplegando un fútbol vibrante que tiene a la afición entusiasmada. En cambio, el conjunto blanco, a pesar de contar con estrellas de la talla de Kylian Mbappé y Vinícius Júnior compitiendo por el Balón de Oro, sigue mostrando serias dudas colectivas y no termina de arrancar en el campeonato doméstico.
Dos velocidades en el césped y una vieja historia de carreras
Yo esto lo veo muy claro: mientras unos buscan fuegos artificiales fuera del campo, otros aceleran en el verde. En Madrid están entusiasmados con la inauguración de un circuito provisional de automovilismo en plena calle, vendiéndolo como el último grito de la modernidad. Pero a mí, que me gusta mirar atrás, esto me suena a música conocida. Hace setenta años, en los cincuenta, en Barcelona ya hacíamos correr a los bólidos por la Diagonal, subiendo por la carretera de Esplugues hasta la Creu de Pedralbes. Por allí se batían el cobre mitos como Giuseppe Farina, Alberto Ascari o el mismísimo Juan Manuel Fangio. Así que, de invento revolucionario, más bien poco.
Lo que de verdad me importa es el balón, y ahí es donde el Barça le está sacando varios cuerpos de ventaja a su eterno rival. Ni el propio Mourinho parece entender todavía a qué juega su plantilla. Sí, el portugués tiene un portero de plenas garantías y a dos de los mejores atacantes del planeta, pero el resto del grupo no termina de sorprender ni de generar ese fútbol fluido que se le exige a un aspirante a todo. Son nombres excelsos, pero todavía no son un equipo.
En el otro lado de la balanza tenemos la bendita locura de Flick. El técnico alemán, que sigue bromeando con que no domina el idioma local, está gestionando este vestuario de chavales como si fuera un grupo de ahijados. No hay malas caras, no hay protestas cuando toca rotar y la comunión es total. Da gusto verlos. Este Barça es la gran sensación del fútbol europeo y los socios, encantados de la vida, se adaptan a las incomodidades de un estadio a medio terminar porque lo que ven en el campo les compensa con creces.
Lamine Yamal, el Balón de Oro y los despachos del pasado
El gran nombre propio de este inicio liguero es, sin duda, Lamine Yamal. El chaval no solo está arriba en la pelea por el Pichichi, sino que ya se postula con descaro para los grandes premios individuales. Él mismo lo ha dicho sin rodeos: «Mbappé y yo somos los dos mejores, pero creo que el Balón de Oro me lo merecería yo». Con esa confianza y el nivel que está demostrando, es imposible no ilusionarse.
Eso sí, en el fútbol los premios individuales a veces se juegan en despachos muy oscuros. De eso sabe un rato Josep Maria Minguella, que en su etapa como representante llevó a astros como Leo Messi, Rivaldo o Hristo Stoichkov. Minguella recordaba hace poco cómo a Stoichkov le birlaron su primer Balón de Oro cuando ya tenía las fotos oficiales preparadas. Una llamada de Silvio Berlusconi a la organización desvió el galardón a manos de Marco van Basten, el delantero del Milan. Imaginaos el papelón de calmar a un búlgaro con un carácter de mil demonios que se quería comer crudo al presidente italiano. Esperemos que con Lamine impere la justicia futbolística y no las llamadas de última hora.
A partir de ahora, la clave estará en ver si las piernas de los jóvenes de Flick aguantan este ritmo endiablado y si en Chamartín consiguen encajar las piezas antes de que la distancia en la clasificación sea insalvable. De momento, el acelerador lo pisa el Barça.




















