El Real Madrid de José Mourinho ha encajado su primera derrota de la temporada ante el Betis, un tropiezo inesperado que reabre los debates sobre el encaje de sus estrellas. Un penalti fallado por Kylian Mbappé en el descuento certificó un partido gris de los blancos, que siguen atascados en el Benito Villamarín.
Yo os lo digo claramente: perder este partido no entraba en los planes de nadie, pero el fútbol tiene estas cosas. El Madrid se marchó de Sevilla de vacío tras un encuentro donde Álvaro Valles se vistió de superhéroe para el Betis. El portero bético no solo le amargó la noche a Kylian Mbappé deteniéndole un penalti en el minuto 93 —provocado por Vinícius—, sino que ya en la primera mitad había frustrado un mano a mano clarísimo de Huijsen tras una genialidad de Arda Güler. Mbappé, que venía con el cartel de ejecutor, falló por partida doble la ocasión más clara del primer tiempo y acabó firmando una noche para el olvido desde los once metros.
¿Qué significa esta derrota para el proyecto de Mourinho?
Vamos a analizar esto con un poco de perspectiva. Perder tres puntos a estas alturas de la película es un golpe duro, de esos que escuecen porque luego cuesta la vida recuperarlos en la tabla. El Madrid de Mourinho había salvado los muebles en jornadas anteriores contra el Espanyol «por lo civil o por lo criminal», pero esta vez la moneda salió cruz. La sensación que nos deja la segunda parte es preocupante: mucho control de balón, sí, pero una alarmante falta de ideas en los últimos metros. Es como tener un coche de carreras y no saber pasar de tercera marcha en la autopista.
El gran problema táctico que vi en el partido es la desconexión de las piezas clave. Jude Bellingham, que venía rindiendo a un nivel espectacular en los últimos compromisos, simplemente no apareció. Estuvo desaparecido en combate, incapaz de conectar el centro del campo con la delantera. Y si a eso le sumas que Vinícius no logró desbordar a nadie en todo el encuentro, el ataque blanco se convierte en algo previsible y fácil de defender. Sí, el brasileño provocó el penalti del final, pero su chispa habitual estuvo apagada. Está lejos de su mejor versión física y de desborde, y el equipo lo nota una barbaridad.
El factor Mbappé y la maldición bética
Lo de Kylian Mbappé merece un capítulo aparte. El francés llegó para ser el factor diferencial, el tipo que te gana estos partidos atascados con media ocasión. Sin embargo, en el Villamarín fue decisivo… pero para mal. Fallar dos veces seguidas un mano a mano claro en la primera parte no es propio de su categoría. Y lo del penalti en el minuto 93 es la gota que colma el vaso. Decía el mítico Ferenc Puskas que «los penaltis no se paran, se fallan», y algo de eso hubo, aunque el mérito de Álvaro Valles es tremendo. Mbappé es el especialista, el hombre frío para estos momentos de máxima tensión, y fallar ahí deja una herida que Mourinho tendrá que curar rápido en el vestuario.
Tampoco nos pillemos los dedos: el campo del Betis es territorio hostil para el Real Madrid. Con este tropiezo, los blancos encadenan ya cinco temporadas consecutivas sin conocer la victoria en el feudo verdiblanco. Hay estadios que se le atragantan a ciertos equipos por pura inercia histórica, y este se ha convertido en una auténtica pesadilla para el madridismo. La diferencia es que este año, con la plantilla que hay, la exigencia es máxima y un empate ya se mastica casi como una derrota. Imaginaos lo que es perder.
Ahora le toca a Mourinho agitar la coctelera y recuperar la confianza de un grupo que ha recibido su primer gran bofetón. Veremos cómo reacciona el vestuario en la próxima jornada, porque en este club las alarmas se encienden al primer descuido.




















