Ocho victorias seguidas no se consiguen por pura casualidad, y menos en un escenario siempre caliente como Mestalla. El Real Madrid asaltó el coliseo ché con una sobriedad tremenda y certificó lo que ya es una realidad tras cuatro meses de José Mourinho en el banquillo: este equipo presiona junto, muerde en bloque y ha encontrado una identidad competitiva reconocible que parecía imposible hace no tanto.
Lo que arrancó como una batalla bronca ante un Valencia hiperrevolucionado terminó convirtiéndose en una tarde plácida para los blancos. Fede Valverde volvió a ser decisivo abriendo el marcador con un latigazo marca de la casa, dando continuidad a su heroico gol ante el AEK en el descuento. Con un Arda Güler desatado en la creación y un grupo que no se dejó contagiar por las protestas locales, el Madrid se llevó los tres puntos sin despeinarse.
El sello de Mourinho ya no es una promesa, es un hecho
Yo esto lo veo clarísimo: la diferencia entre este Madrid y el de hace unos meses es el compromiso colectivo sin balón. Antes veíamos a un equipo fragmentado donde la presión era una cuestión individual y desordenada. Ahora salta uno a morder y van tres más detrás a cerrar líneas de pase. Si se pierde el cuero en campo rival, la respuesta inmediata es agresiva y coordinada. Es fútbol de alta intensidad pura y dura.
Mourinho ha tardado cuatro meses en ajustar las piezas, pero ya tiene un once de gala completamente reconocible. En Mestalla se vio a un conjunto maduro que supo leer el ambiente desde el minuto uno. Aceptó el cuerpo a cuerpo inicial, desgastó al rival a base de orden táctico y terminó dominando el choque a su antojo. Cuando consigues que una visita a un terreno tradicionalmente hostil parezca un trámite sobrio, es que la maquinaria funciona.
Valverde en el lateral y el recital constante de Arda Güler
Lo de Fede Valverde merece un capítulo aparte. Mourinho lo ha colocado en el lateral derecho, una demarcación en la que el uruguayo no quería jugar en un principio, pero donde su rendimiento está siendo simplemente descomunal. Partiendo desde atrás tiene campo por delante para desplegar su zancada y armar el disparo desde la frontal. Abrió la lata en Valencia tal y como salvó los muebles recientemente frente al AEK Atenas. Camuflado como ‘2’, Fede está rindiendo a nivel de los mejores del planeta en esa posición.
Y arriba, la batuta es de Arda Güler. El turco ha dejado de ser una promesa de chispazos para convertirse en la gran referencia futbolística del Real Madrid. Da la sensación de que el juego pasa por sus botas para cobrar sentido: pausa cuando el partido pide respirar y aceleración en el último tercio cuando detecta la grieta en la zaga rival. Su crecimiento bajo el mando de Mou está siendo meteórico y ya nadie duda de su jerarquía en el terreno de juego.
El contraste con un Valencia que coquetea con el peligro
La otra cara de la moneda en Mestalla fue la imagen del Valencia. Da cierta lástima ver a un club de esta entidad tan desquiciado sobre el césped. En lugar de encauzar la energía a través del balón, se consumió en discusiones constantes con el colegiado y en protestas que solo sirvieron para descentrarlo del juego. Esa sobreexcitación terminó por pasarle factura ante un Madrid cerebral que no picó en el anzuelo.
Con este panorama, la deriva ché empieza a ser preocupante temporada tras temporada, situándose peligrosamente cerca de la zona de descenso. Mientras el Madrid sigue consolidando su racha de ocho triunfos consecutivos y mirando hacia arriba con un bloque sólido, al Valencia se le acumulan las prisas. Habrá que estar muy atentos a la evolución de ambos en las próximas jornadas, porque la dinámica blanca amenaza con no frenar aquí.




















