El fútbol tiene esa capacidad única de pasarte de la euforia absoluta al chasco más absoluto en cuestión de segundos. Lo que ha pasado en Argentina con Rosario Central, festejando un título que no había ganado por culpa de un falso rumor en la grada, nos ha dejado una de las imágenes más surrealistas del fútbol reciente. A mí, sinceramente, me ha venido a la cabeza un recuerdo de los de antes: la noche de 1981 en la que Juanito y el Real Madrid celebraron de rodillas una Liga que terminó en las vitrinas de la Real Sociedad.
La escena en el estadio Gigante de Arroyito fue de las que hacen época. El rumor de que el gol a última hora de Boca Juniors frente a Defensa y Justicia había sido anulado corrió entre los hinchas como la pólvora. En apenas unos segundos, la mentira se hizo verdad en la cabeza de todo el mundo. La afición rompió a celebrar como loca y los propios futbolistas de Rosario Central se contagió de esa locura, festejando sobre el césped durante varios minutos un trofeo que en realidad volaba muy lejos de allí. Sacar a los jugadores y a la grada de su error fue una tarea casi imposible.
Cuando el fantasma de 1981 reapareció en Valladolid
Para entender la dimensión del chasco de Rosario Central hay que echar la vista atrás y viajar hasta la temporada 1980-81. Aquella última jornada de Liga dejó un calco exacto de esta historia, aunque con una diferencia de contexto: el Real Madrid jugaba a domicilio contra el Real Valladolid en el estadio José Zorrilla, por lo que el espejismo lo vivieron los futbolistas sobre el césped y no una grada entera abarrotada.
Aquél Real Madrid saltó a Pucela obligado a cumplir con su parte del trabajo: ganar su partido y esperar un tropiezo de la Real Sociedad en su visita al Sporting de Gijón en El Molinón. Los blancos hicieron los deberes sobre el verde imponiéndose por 1-3 al conjunto vallisoletano. Mientras el silbato final sonaba en Pucela, las noticias que llegaban desde Asturias indicaban que la Real Sociedad no estaba consiguiendo el resultado que necesitaba. La carambola matemática sonreía a los blancos y la euforia se desató sin freno.
Fue en ese instante cuando se produjo una de las estampas más icónicas y dolorosas del fútbol español. El inolvidable Juanito, convencido de que la Liga ya era blanca, cayó de rodillas sobre el césped de José Zorrilla e hizo el camino hacia el túnel de vestuarios celebrando el campeonato a grito pelado junto al resto de sus compañeros. Santillana y la plantilla madridista se abrazaban creyéndose campeones.
El gol de Zamora y el arbitraje de Negreira
Sin embargo, la realidad paralela duró lo que tardó en actualizarse la información de El Molinón. En aquel partido entre el Sporting de Gijón y la Real Sociedad —que por cierto arbitró un tal Enríquez Negreira—, el conjunto vasco buscaba a la desesperada el gol que le diera el punto necesario para salir campeón. Y ese gol llegó en el momento más dramático posible.
Un tanto de Zamora en el último minuto de partido en tierras asturianas le dio a la Real Sociedad ese punto de oro que dejaba sin efecto la victoria madridista en Valladolid. En un abrir y cerrar de ojos, la alegría desbordada en el vestuario blanco se convirtió en un silencio sepulcral al enterarse de que el título volaba directo hacia San Sebastián.
La lección de no cantar victoria antes de tiempo
A mí estas historias me fascinan porque demuestran que el fútbol, por mucho que pasen las décadas y cambien los escenarios, tropieza siempre con las mismas piedras emocionales. Da igual que sea el Real Madrid en los ochenta o Rosario Central en la actualidad: cuando la radio, el boca a boca o una mala señal transmiten un dato equivocado en un final de infarto, la mente del futbolista y del aficionado se agarra a lo que desea creer.
El error de Rosario Central ya ha entrado directo a la lista de grandes deslices del fútbol internacional. Pero si a los hinchas argentinos les sirve de consuelo, conviene recordarles que uno de los clubes más laureados del planeta ya probó esa misma medicina amarga hace más de cuatro décadas en Pucela. Moraleja para navegantes: en esto del balón, hasta que el árbitro no pita el final en todos los campos y se constata el resultado en el acta, festejar antes de tiempo es jugar a la ruleta rusa con el corazón.




















