Sergio Camello ha alzado la voz para recordar que el fútbol de barrio, el de toda la vida, sigue muy vivo. El delantero del Rayo Vallecano ha confesado en una entrevista a The Guardian que su club es el último reducto del fútbol romántico, justo antes de volver a jugar en Vallecas este sábado 10 de octubre.
El atacante madrileño, que acumula siete goles en LaLiga, ha detallado el profundo cambio de mentalidad que experimentó a finales de la temporada pasada. Camello reconoció que se sentía bloqueado por la presión y que fue un proceso de introspección, apoyado principalmente en su hermano gemelo Gonzalo y sus amigos más cercanos, lo que le permitió hacer clic. «Pensaba que sería mucho más difícil cambiar mi mentalidad, pero veo que puedo ser yo mismo: ser libre, conectar con el Sergio que puedo ofrecerle al Rayo», ha explicado el delantero, que ahora asegura volver a disfrutar sobre el césped tras mucho tiempo de sufrimiento invisible.
El último bastión del fútbol de antes
A mí esta confesión de Camello me parece una auténtica delicia de las que ya casi no quedan en el deporte de élite. Hoy en día, la mayoría de los futbolistas profesionales parecen programados por un departamento de comunicación: hablan con frases hechas, no se salen del guion y miran al suelo en las ruedas de prensa. Que un chaval joven se descuelgue en un medio internacional diciendo que el Rayo es «el último equipo que queda del fútbol de otra época» es para ponerse de pie y aplaudir.
Y es que tiene toda la razón del mundo. Vallecas no es un estadio de última generación con cubiertas retráctiles, luces LED que parpadean al ritmo de la música electrónica ni palcos VIP con menús de alta cocina. Vallecas huele a bocadillo de panceta, a césped húmedo y a asfalto de barrio obrero. Como bien dice el propio Camello, la magia de jugar allí está en el ritual: «Es el antes del partido, el después del partido, la gente». Es esa comunión casi mística con la grada lo que hace que este equipo compita de una manera diferente. En un fútbol hiperprofesionalizado que a veces parece más un frío negocio corporativo que un deporte de masas, el Rayo sigue perteneciendo a su gente.
La cabeza del delantero: el clic de Camello
Yo esto lo veo muy claro: el aspecto psicológico en un rematador es el noventa por ciento de su rendimiento. Puedes tener la mejor definición del mundo en los entrenamientos cotidianos, pero si cuando te perfilas delante del portero rival te pesa la mochila de la responsabilidad y el miedo al fallo, la vas a mandar al muñeco tres de cada cuatro veces. A Camello le estaba pasando exactamente eso. La autoexigencia y el ruido exterior lo estaban consumiendo por dentro, algo que su hermano Gonzalo detectó a tiempo al ver que no estaba siendo él mismo en el terreno de juego.
Esa charla sincera entre hermanos, en la que decidieron que «ya está; se acabó» jugar atenazado por la presión, ha sido el verdadero punto de inflexión para el chaval. Siete goles en la competición doméstica no se consiguen por pura suerte. Se meten cuando juegas liberado, cuando confías ciegamente en tu instinto y, sobre todo, cuando te diviertes. El fútbol, al fin y al cabo, nació como un juego. Nos olvidamos demasiado a menudo de que si el jugador no disfruta sobre el césped, el espectador tampoco lo hará en la grada. Camello ha recuperado la sonrisa y, con ella, el Rayo ha recuperado a su jugador más determinante en los metros finales.
¿Qué supone esto para el Rayo?
La liberación de Camello no es solo una excelente noticia a nivel individual; es el motor que sostiene la propuesta ofensiva del equipo de Vallecas. Cuando tu delantero de referencia no solo las mete, sino que además presiona con alegría, se asocia con criterio y entiende el juego sin la ansiedad de tener que demostrar nada a nadie en cada jugada, todo el bloque se beneficia de inmediato. Sus compañeros juegan mucho más tranquilos en la medular porque saben que arriba hay un faro que no se va a apagar a la primera de cambio.
Este sábado 10 de octubre, Vallecas vuelve a abrir sus puertas para recibir a su equipo. El barrio estará empujando como siempre desde las gradas, y sobre el césped estará un Sergio Camello que ya no juega para cumplir expectativas ajenas, sino para disfrutar del fútbol como cuando era un chaval en el patio del colegio. Y ese estado de gracia mental es, precisamente, el mayor peligro para cualquier defensa que se atreva a plantarse en Vallecas.
Habrá que estar muy atentos a cómo responde el bloque en este regreso a casa, pero con un Camello con la mente despejada y el olfato goleador afilado, el Rayo tiene motivos de sobra para creer que su fútbol de otra época sigue siendo perfectamente válido y competitivo en el día de hoy.




















