Al Celta se le están acumulando las tareas y, lo que es peor, los problemas ya no solo se quedan en Vigo. La derrota en Europa League ante el Omonia ha encendido las alarmas de un equipo atascado, que no mete goles, concede demasiado atrás y afronta una final liguera anticipada este sábado contra el Racing.
A mí no me gusta ser alarmista, pero lo del partido en Chipre es para hacérselo mirar. Que tu mejor jugador sobre el césped sea Radu, el portero, ya te dice casi todo lo que necesitas saber. El guardameta evitó una sangría mayor en la primera parte con intervenciones de mucho mérito, mientras que en ataque el equipo volvió a mostrarse completamente inofensivo. Claudio Giráldez agitó la coctelera metiendo hasta seis cambios respecto al once que se midió al Málaga —dando la titularidad a Burcio y Driouech, pero manteniendo en el campo a un fatigado Marcos Alonso—, y la fórmula volvió a fallar. El resultado es un doloroso tropiezo ante uno de los rivales, sobre el papel, más asequibles del grupo europeo.
La sequía ofensiva y el cromo que falta
Vamos a los datos, que ahí es donde se ve la radiografía real de la situación. Siete partidos oficiales disputados en este arranque de temporada y solo tres goles a favor. Tres. Con esas cifras es imposible competir, ya sea en Primera División o cruzando el continente para jugar competición europea. El fútbol se mide en las áreas y el Celta ahora mismo tiene la pólvora mojada y la brújula perdida en los últimos metros.
Esto no es casualidad. Yo veo los partidos y noto que a los delanteros se les hace de noche en cuanto pisan el último tercio de campo. Falta ese jugador diferencial, ese enganche que pida la pelota entre líneas, gire el juego y filtre el pase definitivo. Giráldez se cansó de pedir un mediapunta con ese perfil durante el mercado de fichajes, pero el jugador no llegó. Ahora, el técnico tiene que hacer encaje de bolillos con lo que tiene en la plantilla, y la falta de creatividad en la zona de tres cuartos se está pagando a un precio demasiado caro.
Además, el plan de rotaciones del técnico gallego no está dando los frutos esperados. Está muy bien dosificar esfuerzos cuando juegas cada tres días, pero para cambiar a seis futbolistas de un partido a otro necesitas tener una idea de juego tan mecanizada que dé igual quién entre al campo. Ahora mismo, el Celta no tiene esa fluidez. Las piezas entran y salen —incluso debutaron Burcio y Driouech como titulares—, pero el engranaje colectivo sigue chirriando y porteros como Bayindir siguen esperando su oportunidad en el banquillo.
Balaídos dictará sentencia antes del parón
Con este panorama, el partido de este sábado en Balaídos contra el Racing de Santander ha pasado de ser un encuentro importante a convertirse en una auténtica final sin red. No hay margen de error. El Celta necesita sumar los tres puntos si no quiere marcharse al parón de selecciones metido de lleno en los puestos de descenso y con una crisis de identidad galopante sobre los hombros.
Para mí, el aspecto mental va a ser clave en este choque. Jugar con la ansiedad de no ganar y ver la zona roja de la clasificación tan cerca suele atenazar las piernas de los futbolistas más jóvenes. Giráldez tiene la difícil papeleta de recuperar anímicamente a un grupo que se ha llevado un golpe duro en el plano internacional y que nota cómo la presión ambiental empieza a subir de temperatura en Vigo.
La afición de Balaídos sabe perfectamente lo que se juega el club. El Racing llegará con ganas de hurgar en la herida, y los celestes tendrán que demostrar desde el minuto uno que pueden mandar en el partido, generar ocasiones claras y, sobre todo, recuperar una solidez defensiva que Radu tuvo que sostener casi en solitario en Chipre.
Toca reaccionar y toca hacerlo ya. El crédito del buen juego de la temporada pasada no dura para siempre y el fútbol de élite no espera a nadie. Veremos si Giráldez da con la tecla este sábado o si el parón se convierte en un auténtico dolor de muelas para los vigueses.

















