El Real Madrid se llevó un susto de muerte en su visita al Martínez Valero tras vencer por un ajustado 2-3 al Elche. Los de José Mourinho, que dominaban cómodamente por dos goles al descanso gracias a Arda Güler y Mbappé, volvieron a desconectar en la segunda parte y rozaron un tropiezo que les habría costado media Liga en pleno mes de septiembre.
Yo esto lo veo claro: al Madrid le cuesta un mundo mantener el pie en el acelerador durante los noventa minutos. El primer tiempo fue un auténtico monólogo blanco, con un Arda Güler de dulce liderando el juego y Kylian Mbappé mandándola a guardar para poner tierra de por medio. Sin embargo, tras el paso por los vestuarios, el equipo se echó atrás de forma inexplicable, permitiendo que el Elche se metiera en el partido. Al final, tocó sufrir de lo lindo y Mourinho acabó metiendo tres arietes para aguantar el chaparrón en el descuento. El propio técnico portugués no se mordió la lengua tras el pitido final: «Mi única crítica es que podemos matar los partidos y no lo hacemos».
La peligrosa costumbre de jugar con fuego
No es la primera vez que vemos esta película esta temporada, y eso es lo que de verdad debería preocupar al madridismo. Lo vivido en Elche fue casi un calco de lo que ocurrió el pasado viernes en el Santiago Bernabéu contra el Rayo Vallecano. En aquel encuentro, el Madrid pasó de un plácido 3-0 a un inquietante 3-1, y la cosa no pasó a mayores porque Güler salió al rescate desde el banquillo para abrochar el resultado.
En el Martínez Valero, el joven talento turco fue titular y volvió a ser el mejor del equipo mientras le duró la gasolina. El problema llegó cuando él y el resto del centro del campo desaparecieron en la segunda mitad. El paso atrás de los blancos fue escandaloso, entregando la iniciativa a un Elche que olió la sangre y estuvo a punto de rescatar un punto. Esta desconexión sistemática es un peligro público: pasar de ser un rodillo arrollador a un bloque sumiso y asustado en cuestión de quince minutos no es propio de un aspirante al título.
El Barça de Hansi Flick no espera a nadie
Las consecuencias de este sesteo van mucho más allá del susto de anoche. En una Liga donde el Barcelona de Hansi Flick ha arrancado el curso como un tiro, dejarse puntos por pura desidia es un lujo que el Real Madrid simplemente no se puede permitir. Los culés reciben hoy al Racing de Santander en su estadio y nadie en el entorno azulgrana contempla otra cosa que no sea una victoria que consolide su liderato y mantenga la distancia con los blancos.
Si el Madrid quiere competirle de tú a tú este campeonato al Barça, necesita regularidad. Ganar sufriendo en campos complicados te puede salvar un día de máxima exigencia, pero la soga se acaba rompiendo si insistes en jugar al límite de tus fuerzas de manera innecesaria. Mourinho tiene mucho trabajo táctico y, sobre todo, psicológico por delante para que esta desconexión liguera no se convierta en una costumbre insostenible antes de que llegue el otoño.
El dilema de los minutos finales
El recurso de acabar el partido acumulando tres delanteros centro para defender un resultado ajustado dice mucho del cortocircuito que sufrió el equipo en el tramo final. Cuando pierdes el control del balón en la medular, la solución de emergencia de Mou fue buscar balones largos y estirar al rival, pero la realidad es que el Madrid terminó pidiendo la hora en un escenario donde debería haber firmado una goleada tranquila.
La puntería desperdiciada en la primera mitad, donde se perdonaron varias ocasiones clarísimas, también pasa factura. Si perdonas la vida a tu rival cuando lo tienes contra las cuerdas, te expones a que te complique la existencia con muy poco. Toca abrocharse los cinturones porque este Madrid divierte y asusta a partes iguales. Veremos si Mourinho logra dar con la tecla para que sus jugadores entiendan que los partidos duran noventa minutos, no cuarenta y cinco.

















