Pedro Rodríguez, uno de los futbolistas más infravalorados y a la vez más laureados de la historia del fútbol español, ha decidido colgar las botas. El tinerfeño pone fin a una trayectoria de leyenda que arrancó en el Barça de Guardiola y que le ha llevado a triunfar en Inglaterra e Italia.
La noticia salta tras repasar una carrera que parece de ciencia ficción. Desde aquel chaval canario que se ganó el puesto a base de insistencia en el filial de Pep Guardiola hasta convertirse en el hombre de las finales. Pedro se marcha habiéndolo ganado absolutamente todo: Champions League, Ligas, Copas del Rey, la mítica Supercopa de Europa de 2015 donde fue el héroe en Tiflis, y, por supuesto, la gloria con la Selección Española. Un palmarés al alcance de muy pocos elegidos en la historia de este deporte.
El valor de un jugador total
Yo esto lo veo muy claro: Pedro ha sido el socio perfecto que todo entrenador querría tener en su plantilla. No tenía el foco mediático de Leo Messi, la elegancia de Andrés Iniesta o el duende de Xavi Hernández, pero sin su trabajo incansable en la presión y su facilidad para ver puerta en los momentos calientes, el Barça de Guardiola no habría sido lo mismo. Era el jugador de los goles importantes, ese que aparecía cuando las patatas quemaban. ¿Quién no se acuerda de su gol en la final de Champions de la temporada 2008-2009 o su papel clave en la prórroga de la Supercopa ante el Sevilla?
Si miramos atrás, sus goles al Real Madrid en los Clásicos de Copa del Rey o sus chilenas imposibles contra la Real Sociedad en 2015 ya forman parte de la retina del aficionado culé. Era un futbolista que hacía mejor a los que le rodeaban, ya fuera abriendo el campo para que Messi hiciera de las suyas o tirando desmarques de ruptura que desquiciaban a cualquier defensa.
Su salida del Camp Nou en 2015, buscando nuevos retos tras ganarlo todo, nos dejó claro que Pedro no era un conformista. Se marchó a la Premier League para vestir la camiseta del Chelsea y luego dio el salto al exigente fútbol italiano, donde ha dejado su sello tanto en la Roma como en la Lazio. Pocos futbolistas pueden presumir de haber rendido a un nivel tan alto en tres de las ligas más potentes de Europa, adaptándose a diferentes sistemas y exigencias físicas sin perder jamás su identidad. Es de esos profesionales que, vayan donde vayan, caen de pie por su honestidad sobre el verde.
Un legado imborrable en el fútbol moderno
Y no nos olvidemos de la Selección Española. Pedro fue una pieza fundamental en la época más gloriosa de la Roja. Daba igual que fuera vistiendo la camiseta nacional en un amistoso en el Bernabéu contra Colombia en 2011 o disputando la final de la Copa del Rey de 2015 contra el Athletic Club con el Barça: él salía, corría como el que más y, casi siempre, terminaba celebrando con esa sonrisa de quien disfruta del juego como un niño.
Repasando las imágenes de su trayectoria, uno se da cuenta de la magnitud de su figura. Vemos fotos de Pedro celebrando con Ibrahimovic, cortando la red de la portería junto a Sergio Busquets tras ganar la Champions, o levantando títulos con su familia sobre el césped del Camp Nou. Es la viva imagen de una época dorada que ya se nos va apagando del todo. Con su retirada, el fútbol pierde a uno de los últimos representantes de esa estirpe de extremos trabajadores, rápidos, con las dos piernas y con un instinto goleador tremendo.
A partir de ahora, nos tocará recordar sus desmarques al espacio y sus goles decisivos cada vez que busquemos al extremo perfecto. Gracias por tanto fútbol, Pedrito.




















