Este miércoles, Salzburgo se convierte en el epicentro del fútbol continental con un duelo de pizarras de los que hacen afición. El todopoderoso PSG de Luis Enrique y el sorprendente Aston Villa de Unai Emery se ven las caras en Austria para disputarse la Supercopa de Europa, el primer gran título de la temporada.
El duelo no es uno más. El PSG llega con el cartel de favorito colgado en el pecho tras un ciclo glorioso en el que ha encadenado dos Champions League consecutivas, una Supercopa de Europa y una Copa Intercontinental. Enfrente estará un Aston Villa moldeado a imagen y semejanza de un Emery que ha llevado a los ingleses a un nivel que pocos podían imaginar. Dos técnicos españoles frente a frente en un partido que, además de decidir un campeón, certifica el dominio absoluto de nuestros banquillos en el panorama internacional.
La tiranía parisina frente al libreto de Emery
Yo esto lo veo claro: el PSG se ha acostumbrado tanto a ganar que ya mira de reojo la historia con mayúsculas. Si los de Luis Enrique levantan el trofeo en Austria, igualarán un récord que hasta ahora solo ostenta el Real Madrid de 2016 y 2017, cuando ganaron de forma consecutiva sus finales ante el Sevilla y el Manchester United. No es una estadística cualquiera; es la confirmación de una hegemonía implacable que busca no dejar ni las migajas.
Pero si algo nos ha enseñado el fútbol es que a Unai Emery las misiones imposibles le ponen especialmente. El técnico de Fuenterrabía ha doctorado al Aston Villa en el arte de competir contra gigantes de tú a tú. Al vasco le va la marcha, y él mismo lo reconoce abiertamente cuando le toca cruzarse con los más grandes del continente: «Me motiva medirme ante los mejores», suele comentar cuando se le ponen encima de la mesa nombres como el de Luis Enrique o Pep Guardiola. No hay miedo, hay respeto mutuo y, sobre todo, muchas ganas de agitar el árbol.
Cuentas pendientes y noches de locura
Cuando estos dos se sientan en los banquillos contrarios, el espectador neutral tiene que preparar las palomitas porque el espectáculo está garantizado. Su historial de enfrentamientos directos favorece al asturiano, pero las batallas que han librado ya forman parte de la mitología del fútbol europeo recente. Son de esos partidos que se recuerdan durante años.
¿Quién no se acuerda de aquella final de la Supercopa de Europa en 2015? Tiblisi fue el escenario de una auténtica locura sin cadenas. El Barcelona de Luis Enrique y el Sevilla de Emery nos regalaron un espectacular 5-4 que todavía hoy nos hace frotarnos los ojos por el ritmo y la lluvia de goles. Aquel día la moneda cayó del lado catalán, pero el choque fue un monumento al fútbol de ataque.
Y luego, por supuesto, está el cruce en la Champions League que todos tenemos grabado en la retina. Aquella eliminatoria donde Emery, entonces a los mandos del PSG, y Luis Enrique, liderando al Barça, vivieron las dos caras de la moneda con una tremenda goleada en el partido de ida y una remontada histórica en la vuelta. Son dos entrenadores que no especulan, que buscan la portería contraria con la obsesión del cirujano y que se conocen al milímetro.
El pleno al quince de los banquillos españoles
Más allá de quién se lleve la copa a sus vitrinas en Salzburgo, hay un ganador indiscutible antes de que ruede el balón: el fútbol español. Que la Champions, la Europa League y el Mundial hayan acabado en manos de entrenadores de nuestro país esta temporada no es una casualidad; es una auténtica declaración de intenciones.
Con la Supercopa de Europa asegurada para uno de los dos, el póker de títulos continentales y globales se queda en casa. Es un dominio absoluto que demuestra que la pizarra española sigue siendo la más cotizada del planeta. Luis Enrique busca seguir engordando un palmarés de leyenda con su PSG insaciable, mientras que Emery quiere volver a demostrar por qué es el rey indiscutible de las distancias cortas en Europa.
Se acabó el verano, dejamos atrás el Mundial y arranca lo bueno. La mesa está servida en Salzburgo y solo queda disfrutar de dos de los mejores estrategas del mundo frente a frente. Que empiece el espectáculo.

















