El fútbol debería ser solo fútbol, pero a veces la realidad le mete un tacle de tarjeta roja directa. El último empate 1-1 entre la República de Irlanda e Israel en la Nations League ha dejado de lado la pelota para convertirse en un polvorín de acusaciones de intimidación, escupitazos e insultos cruzados fuera del campo.
La tensión se cortaba con cuchillo antes, durante y después de los noventa minutos. Por un lado, el seleccionador irlandés, Heimir Hallgrimsson, denunció públicamente que sintió que el combinado israelí intentó «intimidar» a sus jugadores, en un partido salpicado por supuestos escupitajes sobre el césped. Por el otro, el capitán de Israel, Manor Solomon, no se cortó un pelo al terminar el encuentro: «Obviamente, nos odian y nosotros no les tenemos cariño. Tenemos un país diez veces mejor que el suyo». Un cruce de declaraciones que demuestra que el juego fue lo de menos en un ambiente totalmente hostil.
¿De dónde viene tanta tensión?
Yo esto lo veo así: cuando la política se mete en el vestuario, el balón rueda cuadrado. La previa ya venía calentita. Los futbolistas irlandeses arrastran una presión brutal de su propia opinión pública para boicotear estos encuentros debido al conflicto bélico entre Israel y Gaza. De hecho, la campaña ‘Stop The Game’, impulsada por el colectivo ‘Irish Sport for Palestine’, montó protestas sonadas tanto antes como durante el partido anterior de Irlanda frente a Austria en Dublín.
Con los jugadores en el foco de la tormenta, la tensión estalló definitivamente durante los himnos. En ninguno de los dos partidos de esta ventana se cumplieron los protocolos habituales de deportividad. Los jugadores irlandeses decidieron agachar la cabeza de forma unánime mientras sonaba el himno nacional de Israel, un gesto cargado de simbolismo que encendió la mecha de un partido que ya nació con las pulsaciones a mil.
Las consecuencias en el vestuario y el césped
¿Qué significa todo esto de cara a lo que viene? Más allá del bochornoso espectáculo extrafutbolístico, el 1-1 final deja a ambos equipos en una situación comprometida en lo deportivo. Cuando juegas con la cabeza en otro sitio, es imposible que las cosas salgan bien en la pizarra. Heimir Hallgrimsson tiene un incendio tremendo que apagar en su vestuario. Gestionar el aspecto mental de unos futbolistas que saltan al campo sintiéndose observados con lupa por motivos ajenos al juego es una tarea titánica para cualquier cuerpo técnico.
Para Israel, las palabras de Manor Solomon tampoco ayudan a calmar las aguas. Declaraciones de ese calibre solo consiguen que los próximos compromisos internacionales de su selección se jueguen bajo un clima de máxima alerta de seguridad y hostilidad. El fútbol internacional exige diplomacia, y aquí lo que hemos visto es un choque de trenes donde las dos partes han salido perdiendo prestigio ante los ojos del mundo.
Un conflicto que trasciende el balón
No es la primera vez que vemos cómo la geopolítica se merienda un partido de fútbol, pero la acumulación de incidentes en este cruce empieza a ser preocupante. Lo de los presuntos escupitajes en el campo, si se acaba confirmando por los comités de disciplina de la UEFA, podría acarrear sanciones severas para los implicados. En el fútbol de élite hay mil cámaras apuntando y estos gestos antideportivos no suelen salir gratis.
Al final, nos queda la sensación de haber visto un partido roto, donde lo táctico voló por la ventana a los cinco minutos por la carga emocional del ambiente. Irlanda intentó mantener la compostura, pero la presión y las provocaciones acabaron por desquiciar a un equipo que necesita sumar puntos urgentemente para no meterse en problemas serios de clasificación.
Habrá que estar muy atentos a las posibles actas arbitrales y a las decisiones de los despachos en los próximos días. El fútbol debe volver a ser el protagonista, pero mucho me temo que este Irlanda-Israel se seguirá jugando fuera de los límites del campo durante bastante tiempo.




















