La tensión política ha vuelto a colarse en el fútbol de selecciones por la puerta de atrás. El seleccionador de la República de Irlanda, Heimir Hallgrímsson, decidió dar por terminada de golpe la rueda de prensa previa al partido contra Israel tras un duro enfrentamiento con reporteros de ese país. El encuentro, que se disputará en terreno neutral en Serbia, viene precedido por un ambiente de máxima hostilidad.
El lío estalló cuando el turno de preguntas pasó a los medios de Israel. Primero, le exigieron a Hallgrímsson que opinase sobre un supuesto ataque de un piloto a su compañero de cabina en un vuelo de Dubái a Tel Aviv. Después, otra periodista le echó en cara presuntos episodios racistas de los jugadores irlandeses en el partido anterior. Al negarse esta última a soltar el micrófono cuando se lo pidieron, la federación irlandesa cortó por lo sano y canceló la comparecencia. Su director de comunicación, Kieran Crowley, fue tajante al calificar estas acusaciones de «completamente falsas», recordando además que su delantero Adam Idah sufrió agresiones verbales por parte de la afición israelí en el choque de ida.
¿Qué consecuencias tiene esto para el partido?
Yo siempre he dicho que cuando la política entra por la puerta del vestuario, el fútbol suele saltar por la ventana. Mañana el balón rodará en Serbia —un escenario neutral que ya de por sí nos dice que esto no es un partido corriente— bajo la atenta mirada del colegiado español Munuera Montero. Arbitrar un encuentro con estas pulsaciones es como intentar desactivar un explosivo con un palillo de dientes: cualquier chispa puede hacerlo saltar todo por los aires.
La UEFA va a tener que hilar muy fino en las próximas horas. El responsable de comunicación de la selección de Israel ya ha dejado caer que, aunque de momento no han presentado una queja formal ante el organismo europeo, «lo pensará después del partido». Esto significa que la tensión no se va a quedar en la sala de prensa; va a sobrevolar el césped durante los noventa minutos y, muy probablemente, continuará en los despachos de Nyon durante las próximas semanas.
Para los futbolistas, aislarse de este ruido es casi una misión imposible. El seleccionador israelí, Ran Ben-Shimon, ha intentado poner la venda antes de la herida asegurando que él solo se centra en lo deportivo. Pero claro, decirlo en un micrófono es muy fácil; hacerlo, con el ambiente tan caldeado y con acusaciones cruzadas de racismo sobre la mesa, es otra historia muy distinta. El fútbol de alta competición exige una concentración absoluta, y salir al campo con la cabeza llena de reproches extradeportivos suele pasar factura en las piernas.
El peligro de perder el foco táctico
No es la primera vez que este emparejamiento saca chispas. El primer asalto de este duelo ya se disputó en Hungría rodeado de una enorme polémica por la postura política de ambos países. Aquel día ya vimos que la pelota era casi lo de menos, y este segundo capítulo en Serbia promete seguir el mismo guion de hostilidad. Cuando el foco se desvía de la pizarra táctica a los incidentes en cabinas de avión o a las disputas por un micrófono, el juego siempre sale perdiendo.
Desde el punto de vista estrictamente deportivo, Irlanda necesita recuperar su identidad sobre el verde sin dejarse arrastrar por las provocaciones. Hallgrímsson tiene la difícil tarea de blindar a su plantilla. Si sus jugadores entran al campo pensando en las acusaciones de racismo o en defender el honor de su compañero Adam Idah tras los ataques verbales sufridos, perderán el orden táctico. Y en este nivel, si juegas con el corazón demasiado caliente y la cabeza fría, lo normal es que acabes cometiendo errores graves.
Habrá que ver cómo gestiona Munuera Montero un partido que se prevé de un voltaje altísimo. El árbitro español tendrá que imponer su autoridad desde el primer silbato para evitar que las rencillas de la previa se trasladen a las patadas sobre el césped. En un estadio neutral, sin el calor ni el ruido de las aficiones habituales, cada grito, cada protesta y cada gesto feo se va a escuchar y a magnificar el doble.
Al final, lo que debería ser una jornada de fútbol se ha convertido en un auténtico dolor de cabeza para ambos combinados. Toca esperar a que ruede el balón y desear que, al menos durante noventa minutos, los protagonistas vuelvan a ser los que visten de corto.




















